Llorándose la muerte
como un hijo
está el escriba,
atento a aquella voz
que no pregunta el fin de tanta inercia,
camina entre sus huesos esparcidos
por el campo
donde un guerrero oscuro
levanta su alabarda,
camina entre la bruma
sin saber si alienta lumbre
o la propia tiniebla que le ronda.
Así me encuentra el enemigo al fin
¿qué armas esgrimir contra su furia?
¿cuál escudo guardará mi pecho de sus golpes?
Miro a mi diestra:
nadie,
nadie a mi izquierda
¡qué batalla irreversible se avecina!
Tañen los cornos
su nota más sombría
llamándome al combate por la luz.
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