jueves, 12 de junio de 2008


Llorándose la muerte

como un hijo

está el escriba,

atento a aquella voz

que no pregunta el fin de tanta inercia,

camina entre sus huesos esparcidos

por el campo

donde un guerrero oscuro

levanta su alabarda,

camina entre la bruma

sin saber si alienta lumbre

o la propia tiniebla que le ronda.

Así me encuentra el enemigo al fin

¿qué armas esgrimir contra su furia?

¿cuál escudo guardará mi pecho de sus golpes?

Miro a mi diestra:

nadie,

nadie a mi izquierda

¡qué batalla irreversible se avecina!

Tañen los cornos

su nota más sombría

llamándome al combate por la luz.

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